En defensa de los educadores de museos y el poder de las palabras

Myriam González Sanz, Docente e investigadora. Facultad de Educación, Universidad de Barcelona. Educadora patrimonial y formadora de educadores y mediadores de museos y espacios patrimoniales.


En diciembre de 2020 el ICOM relanzó la campaña de elaboración colectiva de su nueva definición de museo. Este segundo intento y el rechazo de su anterior propuesta (2019), debido en parte a la exclusión del concepto educación, reflejan la urgencia de una reflexión del sector sobre las funciones del museo del siglo XXI. Y, en consecuencia, sobre cómo denominar a aquellos profesionales que nos dedicamos a facilitar el aprendizaje y las experiencias significativas de los diferentes usuarios a través de los museos.

El vocabulario del comité de Educación y Acción Cultural (CECA) del ICOM (2018)[1] y los dos últimos monográficos de la revista ICOM Education -dedicados a analizar el significado actual de los conceptos acción cultural (2018)[2], y el de la educación en museos y la mediación cultural (2020)-, plasman la heterogeneidad de denominaciones que se da a nuestra profesión en los países miembros, evidenciando la necesidad de encarar un debate sectorial. Con el artículo Advocacy for museum educators and the power of words: a comparison between New York city and Barcelona realities, incluido en el último monográfico (ICOM CECA, 2020, pp. 135-149)[3], Ashley Mask y yo buscamos impulsar este debate, que no es solo terminológico sino conceptual.

A diferencia de E.E.U.U., donde el término primordial continúa siendo «educador de museos», en España asistimos al auge del vocablo «mediador cultural», del que nos preocupa la heterogeneidad de su uso, ya que creemos que puede agravar la homologación de nuestro perfil laboral. En este sentido, aprovechamos la oportunidad que nos brindan tanto el CECA como El Museo Transformador para plantearos las siguientes preguntas: ¿Qué entendemos hoy en día por educación en museos y mediación cultural en España? ¿Se trata de términos diferentes que aluden a la misma práctica o reflejan maneras diversas de entender la interacción con los públicos en los museos y espacios patrimoniales? ¿Qué concepción de la educación se esconde tras la reticencia a utilizar el concepto en relación a actividades con adultos?

Por otra parte, no debemos olvidar que este debate terminológico se encuentra íntimamente relacionado con la falta de reconocimiento de la figura profesional y la precariedad laboral que le acompaña. En este sentido y basándonos en nuestra amplia experiencia como educadoras y formadoras en el ámbito de los museos y el patrimonio, Ashley y yo contrastamos en el artículo los perfiles profesionales que coexisten en Nueva York y en Barcelona. En concreto, analizamos su autonomía, responsabilidades y condiciones laborales, así como el reconocimiento que reciben como profesionales intelectuales y creativos. Desgraciadamente, nuestro trabajo muestra que, pese a insertarse en dos modelos económicos y legislativos muy diversos, la mayoría de los educadores y mediadores de museos de ambas ciudades se enfrentan a los dos citados problemas, cuyos terribles efectos ha agudizado la pandemia del COVID-19.

Ante esta sangrante realidad os preguntamos: ¿Cómo puede un museo ser transformador si sus educadores y/o mediadores trabajan desde una posición de precariedad, inestabilidad y de falta de reconocimiento profesional? ¿Es factible seducir mentes, generar experiencias de aprendizaje significativo y crear vínculos con los usuarios en proyectos a medio y largo plazo cuando el museo no les reconoce como trabajadores propios y la normativa les impide comunicarse directamente con sus técnicos?

La comparación entre las realidades de Nueva York y Barcelona nos ha llevado a las autoras del artículo a configurar un conjunto de demandas comunes. Reclamamos que, si realmente queremos llevar a cabo proyectos de educación y/o mediación acordes a un museo transformador, en los que podamos adaptar las actividades a los intereses y necesidades de los usuarios, es necesario buscar una solución a la situación de los educadores externos, sean autónomos o subcontratados. Estos deben poder participar de todas las fases (diseño, ejecución y evaluación de las actividades), trabajar de igual a igual con la plantilla del museo y contar con estabilidad horaria y condiciones laborales dignas.  Los museos deben invertir más en ampliar sus plantillas de trabajadores permanentes. Mientras esto no ocurra, defendemos la figura del educador autónomo, respetado como intelectual y creador pedagógico, siempre que sus condiciones sean adecuadas a su perfil profesional.

Este estudio a cuatro manos nos ha permitido también recoger algunas estrategias inspiradoras en forma de cooperativas de educadores (Nusos SCCL.) o de asociacionismo. En relación a esta última, me alegra compartir con vosotros que desde la redacción del artículo se han producido avances. Es inminente la constitución de la Asociación Catalana de Educación Patrimonial, que sería sin duda una plataforma excelente para impulsar a nivel catalán los dos debates que planteamos en el artículo: el terminológico y el laboral, ejerciendo de motor para transformar sus conclusiones en acciones y mejoras profesionales. Estoy segura de que para ambas iniciativas contaremos con el apoyo de El Museo Transformador.

Finalmente, quiero aprovechar el post para agradecer a El Museo Transformador su fantástica labor como fórum donde compartir, debatir y aprender, así como la oportunidad que nos ha brindado para difundir nuestro artículo, que esperamos revierta en el beneficio de todos los profesionales y usuarios de museos.

[1] http://ceca.mini.icom.museum/es/publicaciones/vocabulario-ceca/

[2] https://drive.google.com/file/d/1EErtwOgLOiMfKe7cOBBAFWINIvPTmoAy/view

[3] http://ceca.mini.icom.museum/wp-content/uploads/sites/5/2021/01/ICOMEducation29-compressé-avec-compression.pdf

1 comentario en “En defensa de los educadores de museos y el poder de las palabras”

  1. El museo transformador

    El post de Myriam abre diversos elementos de reflexión y debate que desde El Museo Transformador llevamos tiempo discutiendo y queremos potenciar porque son cruciales para el futuro de los museos.

    En primer lugar, el del concepto de educación en museos. El término educación suele ser rechazado por muchas de las mismas personas que se dedican a ella, ya que puede ser asimilada a lo que se hace en la escuela de forma rígida y vertical. Esta consideración contiene a nuestro parecer dos falacias convertidas en verdades. La primera es la de que la escuela sigue siendo aquella que recordamos de cuando éramos alumnos. Sin embargo, la escuela, a pesar de que aún necesita muchos y profundos cambios, ya no es la misma. Son múltiples los proyectos educativos innovadores que están transformándola de arriba abajo. La segunda es la que asocia educación a instrucción o a enseñanza y no es eso. Si nos remitimos al significado etimológico del término, Educare equivaldría a conducir, dirigir, encaminar, guiar, orientar. Pero más interesante es otra de sus raíces: Educere que sería extraer hacia afuera. En este sentido, educar sería «conducir y dirigir hacia un ideal, extraer unas capacidades que están virtualmente en la naturaleza humana. Implica ejercitación y perfeccionamiento, desarrollar las facultades intelectuales y morales de una persona» [Bonil, J.; Gómez, R.; Pejó, L. y Viladot, P., (2012). Somos educación. Enseñar y aprender en los museos y centros de ciencia: una propuesta de modelo didáctico. Barcelona: Museu de Ciències Naturals de Barcelona].

    Por otro lado, fruto del anterior, el debate sobre cómo debe nombrarse a la persona que ejerce las funciones educativas en el museo. A lo largo de mucho tiempo —y aún ahora en muchos casos—, monitor, guía, tallerista y similares, fueron los nombres dados a estas personas. Hace ya unos cuantos años, educador fue el término que adoptaron gran parte de ellas para referirse a las funciones que ejercían en los departamentos educativos de los museos. Más recientemente, pero con una trayectoria ya larga, apareció el término mediador cultural, especialmente en el ámbito del arte contemporáneo. Este deberá ser un debate que se afronte algún día si queremos que, como dice Myriam, converjamos todos hacia la profesionalización de esta importante tarea.

    Y ahí radica el tercer y fundamental debate al que nos invita Myriam: el de la consideración de la educación en los museos como una profesión en todos sus términos. Con sus funciones, glosarios, formación y condiciones laborales bien establecidas y no como lo que, por desgracia son ahora: chicas —porque la mayoría son mujeres— para todo que igual pueden acoger a un grupo de escolares de Educación Infantil, que a uno de personas mayores o a las familias que quieren pasar un domingo en el museo. Que no tienen ningún papel en el diseño de los valores didácticos de las exposiciones. Que no suelen crear las actividades sino recitar guiones elaborados por otros a precio fijo. Que cobran por hora trabajada sin ningún tipo de seguridad y a unos precios irrisorios. Que deben llegar formadas de su casa.

    Bienvenido sea el debate. Pero no perdamos de vista el objetivo principal: crear las condiciones para que esta sea una profesión. Y ya puestos, que sea una profesión que se adecue a los momentos que vivimos y que no quiera imitar vicios de alguna de las profesiones ya reconocidas en los museos.

    Myriam y las muchas personas que están luchando para que ello sea así desde las diferentes asociaciones y movimientos reivindicativos, nos tendrán a su lado para ofrecerles nuestra plataforma en aquello que les pueda ser útil. El futuro de los museos se juega ahí.

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